MET 2026; Fashion is Art
El primer lunes del mes de mayo - esa fecha que ya funciona casi como un ritual contemporáneo - la industria de la moda se desplaza, física y simbólicamente, a las escaleras del Metropolitan Museum of Art en Nueva York. Un espacio que, durante unas horas, deja de ser únicamente institución para convertirse en escenario. En discurso. En espectáculo cuidadosamente orquestado.
Porque el MET no es solo una alfombra roja.
Es, en su mejor versión, una declaración cultural.
Bajo la dirección de Anna Wintour, el evento ha evolucionado hasta consolidarse como el punto de intersección entre moda, arte e imaginario colectivo. Una noche en la que la moda abandona su dimensión puramente comercial para acercarse - o al menos intentarlo - a un lenguaje más próximo al arte, a la referencia, a la construcción simbólica.
Y, por supuesto, el momento en el que todos aquellos que no estamos en la lista de invitados ejercemos con absoluta naturalidad el papel de críticos.
Este año, la exposición del Costume Institute, Costume Art, y su correspondiente dress code, Fashion is Art, planteaban una premisa tan amplia como sugerente. Una invitación abierta a pensar la moda desde su relación con el arte, ya fuese a través de la historia, la materialidad, el cuerpo o la propia construcción de la prenda como objeto cultural.
Quizá, precisamente por ello, una temática tan generosa exigía una respuesta igual de rigurosa.
La mañana anterior a esta suerte de NFL de la moda, compartía algunas referencias que, en mi opinión, dialogaban de manera especialmente pertinente con el concepto. Entre ellas, el célebre “Painted Dress” de Alexander McQueen - una pieza que trasciende la prenda para situarse casi en el territorio de la obra -, así como la colección Angels and Demonspresentada en 2010, profundamente inspirada en el imaginario medieval y bizantino. Referencias donde la moda no ilustra el arte, sino que lo interpreta.
Y, por supuesto, mi insistencia - quizá ya previsible - en la figura de Van Gogh. No desde una lectura superficial, sino desde aquellas piezas de 1988 en las que los girasoles bordados transformaban la superficie textil en pintura. Hubo guiños, sí. Pero no en la intensidad que una temática como esta parecía permitir.
Como cada año, mis expectativas no se cumplieron del todo.
Desde aquella MET dedicada al Camp, no he vuelto a experimentar esa sensación de coherencia colectiva en la interpretación del tema. Y, aunque insista en que no me importa seguir el directo - mentira evidente -, inevitablemente termino conectándome, observando, analizando y, en cierta medida, frustrándome.
Pero centrémonos en lo que sí sucedió.
Fashion is Art permitía, al menos, dos grandes líneas de interpretación. La primera - la que personalmente considero más rica - vinculada directamente a la historia del arte: pintura, escultura, archivo, iconografía. La segunda, más contemporánea, centrada en el cuerpo como soporte artístico, en la prenda como extensión escultórica del mismo.
Ambas lecturas fueron exploradas.
Emma Chamberlain, vestida de Mugler, ofreció uno de los momentos más interesantes de la noche. Su look establecía un diálogo entre el archivo de la maison - particularmente la colección de 1997 vinculada al universo de los insectos - y una sensibilidad pictórica que evocaba tanto a The Starry Night como, en una lectura más expresionista, a El Grito. La textura, construida a partir de pinceladas visibles, convertía el cuerpo en lienzo sin caer en la literalidad.
Prada, como es habitual, vistió a varios invitados, pero fue el look de Hunter Schafer inspirado en Gustav Klimt - y más concretamente en Madame Primavesi - el que aportó una lectura más clara de la temática. Ornamental, refinado, contenido. Quizá demasiado contenido, si tenemos en cuenta la opulencia inherente al universo de Klimt, pero indudablemente coherente. Me ilusiona especialmente la presencia del Artista en este evento ya que es, sin duda alguna, uno de mis favoritos.
Kendall Jenner, por su parte, apareció con un diseño de Zac Posen para Gap Studio que hacía referencia directa a la Winged Victory of Samothrace. Aquí la traducción del mármol al tejido fue especialmente acertada. La manipulación de la tela, el movimiento, la construcción del volumen… todo contribuía a una imagen que, por un momento, logró capturar la esencia escultórica sin caer en el disfraz.
Valentino, a través de Colman Domingo, ofreció un guiño a Pablo Picasso y su imaginario arlequín. Una propuesta equilibrada, estéticamente cuidada y, sobre todo, agradecida en un contexto donde la moda masculina continúa siendo excesivamente conservadora. La obra Harlequin and his Companion quedó bien retirada en este tailored suit firmado por la casa.
En esta misma línea, Jeremy Pope, con un corsé de archivo de Vivienne Westwood (Fall/Winter 1996), articuló una lectura especialmente interesante: la moda como arte en sí misma. El cuerpo como escultura, la prenda como estructura.
Hailey Bieber, por su parte, retomó esta idea a través de Saint Laurent, evocando las colaboraciones de los años 90 con Claude Lalanne y sus torsos esculpidos. Una interpretación más sutil, pero conceptualmente alineada.
Más allá de estas referencias, resulta imposible no mencionar la presencia de Isha Ambani y Karan Johar, cuyas elecciones reflejan una comprensión del lujo profundamente vinculada a la ornamentación, la narrativa y la tradición. Una aproximación que, en muchos casos, resulta más estimulante que la ofrecida por ciertas casas europeas.
Asimismo, el trabajo de Harris Reed aportó ese componente performativo que una temática como esta requería, mientras que Alexa Chung, vestida de Dior bajo Jonathan Anderson, introdujo una nota de disonancia elegante. No necesariamente alineada con la temática, pero defendida con tal naturalidad que casi invita a reinterpretarla - quizá como un eco de Klimt, quizá como un guiño a Monet.
Porque, al final, esa es la paradoja del MET.
Cuando funciona, nos recuerda que la moda puede - y debe - dialogar con el arte. Cuando no, evidencia que el acceso al archivo, al atelier y al presupuesto no garantiza la comprensión de un concepto.
Fashion is Art ofrecía una oportunidad excepcional para explorar la moda desde su dimensión más cultural. Algunos la aprovecharon. Otros, simplemente, asistieron.
Y, como cada año, ahí estábamos nosotros.
Observando. Analizando. Esperando.
Quizá, en el fondo, que la próxima edición esté a la altura de la promesa.
Bisous,
Blanca
















