Love Letter to all my airport crushes
Pic Ref: Pinterest @martina___sofia
Dear you,
Actually, dear all of you.
A los que conocí cuando todavía viajaba con assistant y genuinely pensaba que las turbulencias eran la mayor inestabilidad emocional que podía experimentar. A los que conocí hace poco mientras arrastraba mi vintage LV por la Terminal 1 aparentando tener la vida completamente bajo control cuando, en realidad, sobrevivía a base de ocho espressos y pura delusion.
Esta carta es para todos vosotros.
Para el británico del navy cashmere jumper y la mandíbula imposible. Para el portugués que olía a expensive sunscreen y commitment issues. Para el francés que parecía permanentemente annoyed — lo cual, desgraciadamente, solo le hacía más hot. Para el ruso que dijo tres palabras durante todo el boarding process y aun así consiguió emotionally destabilise me durante el resto del vuelo.
Para los italianos, obviously. Siempre los italianos.
Para el danés que tenía cara de no haber sufrido ni una sola inconvenience en toda su vida. Para el nigeriano cuyo reloj analicé aproximadamente cuarenta y siete minutos en vez de dormir durante el boarding. Para el americano con baseball cap que probablemente trabaja en tech y dice cosas como “let’s circle back”. Para el white-Mex cuya existencia sinceramente me confundió porque ni siquiera era mi tipo y aun así ahí estaba yo, mentalmente organizando una visita a casa de su madre antes del take-off.
Y, por supuesto, para los de blue eyes. Una debilidad personal que, honestamente, ya ni intento defender.
Esta carta es para vosotros.
Porque los airport crushes son, genuinely, una de las formas de romance más puras que todavía existen.
Y no, no hablo del random guy que te besas en un bar y luego analizas durante el brunch del día siguiente mientras tus amigas pretenden no juzgarte. Hablo del tipo de atracción que existe puramente en la posibilidad. La que sobrevive completamente inside your own head.
La mirada fugaz mientras sacas el portátil en security. La competición silenciosa por ver quién parece menos cansado en un boarding a las seis de la mañana. El accidental eye contact en la máquina de café de la business lounge que convierte de repente toda la experiencia del aeropuerto en una cinematic masterpiece dirigida por Nancy Meyers.
Ese tipo de amor.
Porque la belleza de un airport crush está precisamente en que es temporal.
Lives in the in-between.
Entre ciudades. Entre time zones. Entre una versión de ti misma y la siguiente.
Y honestly, eso es exactamente lo que lo hace perfecto.
Una vez tuve una conversación genuinely cool con uno de los míos. Like, actually cool. Sin awkwardness. Sin weird energy. Solo dos personas completamente conscientes de lo absurda y brillante que era la situación. Incluso hablamos sobre la temporalidad de todo aquello. Y ahí entendí algo muy importante:
si realmente quieres jugar bien al airport crush game, no puede evolucionar.
Nada de texting después. Nada de “we should grab a drink sometime”. Nada de kissing. Nada de seguiros en Instagram para destruir toda la fantasía descubriendo que sube motivational gym quotes y podcasts sobre crypto.
No.
El airport crush solo funciona porque termina.
That’s literally the art form.
Y sí, before you ask, exactamente por eso todas construimos el “I’m effortless and in a rush” airport look con precisión militar.
Please.
¿De verdad creéis que accidentalmente me puse unos red adidas shorts, un Cigarette jumper sacado de la colección noventera de mi padre y unas Miu Miu mules para coger un vuelo? ¿Que el messy hair apareció mágicamente? ¿Que mis joyas hicieron layering solas? Absolutely not.
Airport styling es uno de los ejercicios psicológicos más estratégicos en los que una mujer puede participar.
No te vistes para comfort.
Te vistes para possibility.
Y sí, obviously estoy fingiendo que no me di cuenta de que me estabas mirando cuando me agaché a coger el passport.
Somos actors. Los dos.
Y lo mejor de todo es el mutual pretending.
Pretender mirar alrededor mientras ambos sabéis perfectamente que lo que realmente está ocurriendo es un intercambio silencioso de miradas en la Gate B27. Pretender revisar la pantalla de departures por cuarta vez en veinte minutos. Pretender que su unnecessarily good coat no acaba de alterarte completamente el estado de ánimo antes del boarding.
Y de repente, aparece otra vez la emoción.
Una emoción pequeña, ridícula, harmless.
La clase de emoción que muchas relaciones reales ya ni consiguen producir.
De hecho - y quizá esta sea la parte más funny - los airport crushes suelen ser mucho más estimulantes emocionalmente que el dating real. Porque existen untouched by reality. Siguen siendo immaculate fantasies. Sin disappointing texting habits. Sin emotionally unavailable behaviour disfrazado de “I’m just busy right now”. Sin conversaciones incómodas.
Solo pura projection.
Cinema.
Delusion a 30.000 feet.
Y honestly? Lo apoyo completamente.
Tuve uno hace poco — current, actually. Sentado enfrente de mí durante el boarding. Buena altura. Great posture. Una thesis abierta en el portátil que, desgraciadamente, me informó de que era más joven de lo esperado. Babes… no estoy emocionalmente preparada para desarrollar un crush por un young adult cuando mi última implicación romántica fue con un hombre cuyo dolor de espalda requería specialist.
Pero whatever.
That’s the beauty of it.
No necesitas compatibility. No necesitas shared values. Ni siquiera necesitas names.
Solo necesitas la sensación.
Ese tiny shift in energy cuando alguien interesante entra en tu órbita exactamente durante dos horas y cuarenta minutos antes de desaparecer para siempre hacia otra terminal, otro país, otra vida.
C’est fini.
Y aun así… somehow se queda contigo.
No porque pasara algo, sino precisamente porque no pasó nada.
Porque maybe lo más romántico no es la relación en sí. Maybe es la posibilidad de una. La versión que construyes en tu cabeza mientras miras por la ventanilla fingiendo escuchar la safety demonstration.
Así que, a todos mis airport crushes:
Gracias por las miradas. Por los absurdamente attractive airport outfits. Por el “déjame casually flex my jawline mientras reviso mi boarding group” behaviour. Por probablemente no hacer absolutamente nada mientras, en mi cabeza, os convertíais en el main character de una narrativa completamente imaginaria.
Que, honestly, es lo único que realmente importa.
Gracias por los imaginary reunions en el vuelo de vuelta. Por las fictional calls del día siguiente. Por los pretend promenades por ciudades que nunca íbamos realmente a visitar juntos.
Y gracias, sobre todo, por entender - silenciosa y elegantemente - que a veces las mejores historias de amor son las que nunca salen de la terminal.
Bisous,
Blanca