¿Y si casarme no es mi historia?
Pic Ref: Diana Ross en su vestido de novia, diseñado por Elizabeth Courtney en 1986.
Vera Wang, culpa directa tras ver Bride Wars cuando era pequeña. Oscar de la Renta - descanse en paz el genio - y su oda eterna a la novia. Carolina Herrera enseñándonos que volumen iguala momento. Y yo, viendo desfiles de Pronovias y Rosa Clarà cuando todavía no tenía ni pecho. Y es que de novias fueron los primeros a los que acudí cuando no se yo ni si ya tenía criterio.
Conocimiento de vestidos: check. Y bastante sólido. De anillos, aún más. Sé exactamente cuáles quiero, cómo combinarlos, qué corte funciona en mi mano y cuál no. Esto no es una fantasía difusa, es precisión. Pero aquí viene la contradicción: cuando hablamos de bodas en serio, siempre he querido formar parte de la conversación pero nunca me he visto dentro de la escena.
Y no, no es una cuestión de “cuando llegue el adecuado”. Esa narrativa es demasiado fácil. El ser humano necesita compañía, sí. Yo la quiero. Me gusta compartir, construir, proyectar con un “él”. Pero eso no implica automáticamente casarse. No debería ser una consecuencia obligatoria.
He visto demasiadas novias. No porque haya ido a infinitas bodas, sino porque las he vestido. He estado dentro del proceso. He visto nervios incontrolables, madres opinando más de la cuenta, lágrimas, discusiones, abrazos, ilusiones desbordadas. He visto el detrás de todo eso que en fotos parece perfecto. Y, aun así, nunca me he visto a mí ahí.
Y don’t get me wrong, es un momento precioso. Cuando mis amigas se casen, yo seré la primera en llorar. Cuando mi hermana se casó, literalmente no hay fotos mías en la iglesia. Y no porque no quisiera - mi look era impecable - sino porque estaba llorando sin parar. Me emociona. Me atraviesa. Pero no me pertenece.
Y eso es lo extraño.
Porque sí quiero comprometerme. Lo tengo clarísimo. Pero para mí, el compromiso nunca ha estado ligado a una ceremonia. Es algo mental, emocional, incluso práctico. Es elegir a alguien cada día, construir con esa persona, sostener un proyecto común. Y eso no se intensifica ni se valida porque te pongas de blanco.
Entonces, inevitablemente, me pregunto: ¿qué significa casarse hoy?
Porque si somos honestos, la imagen que se nos ha vendido - especialmente a nosotras - es extremadamente concreta. Vestido blanco, ramo, pasillo, cena, catering, fiesta. Una narrativa cerrada que muchas acaban adoptando como objetivo vital. Y oye, si ese es tu goal, adelante. De verdad lo digo, cada uno tiene que seguir su objetivo o su meta. Pero el mío no va por ahí.
Mi goal es más silencioso, pero profundo. Quiero un forever. Un till death do us apart. Pero no necesito una iglesia, ni un juez, ni invitados, ni una despedida, ni flores perfectamente colocadas para validarlo. No quiero el evento. Quiero la intención.
Porque hay una diferencia enorme entre voluntad y tradición, y muchas veces las confundimos.
De hecho, lo más revelador ha sido ver cómo mi propia idea de boda ha ido disminuyendo con los años. A mi primer novio le hablé de un bodorrio. Al segundo, de algo pequeño. Al último le dije que, si me casaba, sería solo nosotros dos. Nadie más. Y aun así, incluso esa versión minimalista, no terminaba de encajar.
Porque, en el fondo, no me veo como novia.
Y creo que hay algo bastante poderoso en aceptar eso. En entender que puedes querer amor, estabilidad, compromiso e incluso eternidad… sin seguir el guión tradicional.
El tema hijos lo dejamos para otro capítulo - porque ahí hay debate.
Pero en esto, al menos por ahora, lo tengo claro.
Admiro las bodas. Las celebro. Las vivo intensamente cuando son de los míos.
Pero yo no quiero casarme.
Al menos, no así.
Bisous,
Blanca