Etapas – not another Oscar Wilde quote

Image Ref: Pinterest Temas de Psicología

Hay algo que nadie te explica cuando creces, y que, sinceramente, debería venir en letras grandes tipo manual de supervivencia: tu mente no siempre juega en tu equipo.

La mente humana es un mundo. Un mundo complejo, intenso, a veces brillante y otras veces absolutamente caótico. De ahí se desprenden sentimientos -muchas veces intrusivos - que, sin saber muy bien cómo, terminan afectando a tu bienestar, a tus decisiones y, en consecuencia, a tu día a día. Y digo “sin saber muy bien cómo” porque no todo el mundo ha tenido - o se ha permitido - desarrollar las herramientas necesarias para entender qué está pasando ahí dentro.

En mi caso, llevo años en terapia. Etapas en las que la he necesitado más que nunca, y otras en las que parecía que todo fluía sin esfuerzo. Pero hay algo que tengo claro: sin mi psicoanalista - al que, sin ningún problema y con mucho privilegio, llamo también amigo y compañero -, en muchos momentos me habría sentido completamente perdida.

Y es curioso, porque creo que estoy en uno de los mejores momentos de mi vida. De hecho, ya lo estaba cuando decidí irme fuera. Venía de unos años… complicados. Por decirlo de forma elegante. Años intensos, desordenados, agotadores. Y, de repente, algo cambió. Cerré una ventana - de golpe, además - y abrí una puerta enorme.

Y me centré en mí.

En reconstruirme. En entenderme. En volver a sentir después de haber tocado fondo de una forma bastante literal. En encontrar respuestas, aunque algunas no me gustaran. En, básicamente, volver a mí.

Y en ese proceso, aparté.

Aparté situaciones, dinámicas y también personas. Y aquí es donde la cosa se vuelve incómoda, porque muchas de esas personas no tenían nada de malo. No eran un obstáculo real. No interferían. No hacían daño. Pero en ese momento, el mayor obstáculo era yo. Sin más. Yo.

Y es fuerte decirlo así, pero es aún más fuerte darte cuenta.

Porque me centré tanto en resolverme, en entender cada rincón de mi cabeza, que acabé aislándome más de lo que probablemente necesitaba. Y aun así, no lo veo como algo negativo. Al contrario. Ha sido una de las etapas más intensas, más nutritivas y más transformadoras de mi vida.

Y aquí es donde quiero llegar.

Una etapa.

La vida es un conjunto de etapas. Lo sabemos todos. Lo hemos oído mil veces. Suena casi cliché. Pero entenderlo de verdad -interiorizarlo - es otra historia completamente distinta.

Así que si hay algo que quiero que saques de este artículo, es esto: la vida son etapas. Y no, esto no es otro saying de Oscar Wilde.

Cada una viene con su propio pack: emociones, retos, personas, lugares, versiones de ti que no conocías. Nuevos comienzos, nuevas obsesiones, nuevos miedos, nuevas ilusiones. Todo nuevo. Y, muchas veces, todo a la vez.

Y claro, cuando sientes que una etapa se está terminando, el cuerpo lo sabe antes que tú. Se te eriza la piel. Te entra ese vértigo extraño. Porque no sabes si lo que viene será mejor, peor o simplemente distinto. Y lo desconocido, aunque nos hagamos las valientes, asusta. A todos.

Y quien diga lo contrario… bueno. Cute, pero no.

Ahora mismo estoy en ese punto.

Sé que una etapa ha terminado. Lo sé desde hace meses, pero se ha hecho real hace apenas unas semanas. Y todo lo que estoy haciendo ahora tiene un único objetivo: despedirme.

Sí, despedirme.

Y puede sonar dramático, excesivo o incluso un poco teatral - very on brand, to be honest-, pero esta etapa ha sido tan bonita, tan intensa, tan challenging y tan llena de todo, que se merece una despedida a la altura.

El problema es que estoy tan centrada en el final, que todavía no soy capaz de ver con claridad el inicio que viene después. Y eso duele.

Duele porque no sé cómo dar ese paso hacia delante con la misma seguridad - o la misma inconsciencia valiente - con la que lo he hecho siempre. Porque si algo tengo - y esto lo digo sin falsa modestia, gracias - es que soy de las que se lanzan. Temblando, sí. Pero me lanzo.

Y eso lo admiro de mí.

Antes no sabía identificar mis propias fortalezas. Sabía que estaban, pero no sabía nombrarlas. Ahora sí. Y no tengo problema en decirlo: I’m a boss bitch. Y no en el sentido superficial, sino en el sentido de alguien que ha aprendido a sostenerse incluso cuando todo se tambalea.

Y, sin embargo, aquí estoy. Dudando.

Me resulta incluso irónico que la etapa que más vértigo debería haberme dado haya sido la más estable emocionalmente. Y, en cambio, esta - que en teoría debería soltar con más facilidad - es la que más me cuesta dejar ir.

Es casi como una relación. Sabes que ha terminado. Sabes que es lo correcto. Pero sigues ahí, agarrando un poco más fuerte de lo que deberías. Solo que, en este caso, no hay toxicidad. Y quizá por eso cuesta aún más.

Porque no sueltas algo que te ha hecho bien sin resistencia.

Y aquí viene otra verdad incómoda sobre mí: no sé rendirme.

No sé soltar fácilmente. Me cuesta. Mucho.

Y aunque suene contradictorio, a veces lo más valiente no es insistir. Es parar. Decir “hasta aquí”. Pero mi cabeza no funciona así. Cuando algo se me mete entre ceja y ceja, voy hasta el final. Y si no lo consigo, me frustro. Me castigo.

Y ahí es donde entra esa pequeña gran palabra: perfeccionismo.

A los catorce años desarrollé mi TCA. Y en una de las primeras conversaciones con el médico - cuando por fin pudimos hablar a solas - me hizo una serie de preguntas que, con el tiempo, entendí que iban mucho más allá de la enfermedad. Me preguntó cómo me comportaba en distintos escenarios: en el colegio, en casa, con mi familia, al despertarme, al ducharme, en lo social.

Y ahí salió todo.

Una conducta obsesiva. Una necesidad constante de control. De hacerlo todo bien. De ser “la mejor versión” de mí misma en cada momento. Para los demás y, aun más fastidioso, para mi.

Y eso, aunque suene admirable en LinkedIn, en la vida real es agotador.

Porque cuando algo no sale como esperabas, no lo relativizas. Lo magnificas. Y conviertes un pequeño fallo en una narrativa de fracaso absoluto. Cuando en realidad - y esto lo sé - es solo una mínima parte dentro de una vida llena de cosas que sí funcionan.

Pero aun sabiéndolo, cuesta.

Cuesta aceptar que esta etapa se cierra con cosas que no han salido como querías. Cuesta convivir con esa sensación de “no entiendo qué ha fallado”. Cuesta, incluso, soltar la necesidad de tener todas las respuestas.

Y aquí viene otra de mis contradicciones favoritas: soy extremadamente capricornio en carácter - control, ambición, estructura - pero profundamente espiritual al mismo tiempo. Creo en las energías, en los timings, en que cada cosa llega cuando tiene que llegar. En los hilos y las conexiones. En lo divino.

Es una mezcla curiosa. Lo sé. Pero también creo que es lo que me hace ser yo.

Así que me repito - casi como un mantra - algo que ya sé, pero que necesito volver a escuchar:

La vida son etapas.

Etapas que te construyen. Etapas que te rompen. Etapas que te enseñan. Etapas que simplemente están para que sientas. Y todas, absolutamente todas, tienen un sentido, aunque no lo entendamos en el momento.

Ahora mismo estoy cerrando una.

Y sí, probablemente siempre dejaré un ojo asomado por la cerradura. Porque hay etapas que no se olvidan del todo. Pero eso no significa que no haya que avanzar.

Así que te dejo con esto.

Mira la etapa en la que estás. Piénsala. Pero sobre todo, siéntela.

Porque algunas se repiten.

Pero otras… pasan una sola vez.

Y cuando se van, no hacen ruido. Simplemente dejan de estar.

Bisous,
Blanca