De Dior a Zara. Galliano reescribe la marca. La historia, sin embargo, sigue sin definirse

Image Ref: Vogue

Hay noticias que no sabes si procesar desde el análisis, desde la emoción… o desde una ligera crisis existencial estética. Esta es una de ellas.

John Galliano vuelve al atelier. Pero no a uno cualquiera. Vuelve con Zara. Y no, no es un titular irónico ni un meme sacado de Twitter. Es real. Confirmado. Y, honestamente, todavía no sé muy bien en qué parte de mi cerebro colocar esta información.

En enero, Galliano estaba sentado en primera fila en el debut de Jonathan Anderson para la alta costura de Dior. Un momento cargado de historia si recordamos que él mismo fue el director creativo de Dior entre 1997 y 2011. Una etapa que no solo fue relevante - fue absolutamente definitoria. Galliano no diseñaba colecciones, construía universos. Narrativas completas. Personajes. Fantasía con estructura.

Y dos años después de su salida de Maison Margiela - con ese último desfile en París 2024 que parecía más una escena de teatro experimental que una colección comercial (las muñecas de porcelana, por favor, sigo sin recuperarme) - reaparece. Pero no donde cabría esperar.

No vuelve a una maison histórica. No lanza su propia casa. No se encierra en un proyecto de autor.

Firma con Zara.

La colaboración, impulsada por Marta Ortega Pérez - presidenta de Inditex desde 2022 - tendrá una duración de dos años. Galliano actuará como “reautor” de los archivos de la marca, con lanzamientos previstos a partir de septiembre de 2026. Según él mismo, el proyecto estará guiado por la forma y la proporción, evitando categorías tradicionales y yendo “más allá de géneros y temporadas”.

Claro. Zara. Atemporal. Sin temporadas. Sure.

Y aquí es donde entro yo. Porque sí, hay una parte de mí - la patriótica, si quieres - que piensa: ok, esto es grande. Una empresa española jugando en una liga narrativa completamente distinta. Elevando discurso. Atrayendo talento que, hasta ahora, parecía reservado a otro universo.

Pero luego está la otra parte. La honesta.

Y esa parte está… confundida. Por no decir ligeramente horrorizada.

Porque si algo ha definido la carrera de Galliano ha sido precisamente lo contrario a lo que representa Zara como sistema. Él ha sido dramatismo, exceso, tiempo, proceso, construcción obsesiva de significado. Zara, en cambio, es velocidad, producción masiva, optimización, respuesta inmediata al mercado.

Y no pasa nada. Son modelos distintos. Pero… ¿juntos?

No termino de verlo. Y no sé si quiero verlo.

Galliano decía en entrevistas que esto le emociona porque es algo que nunca ha hecho. Y lo entiendo. Pero también pienso: hay muchas cosas que uno no ha hecho… y no necesariamente todas hay que hacerlas.

Sobre todo cuando tu legado se ha construido precisamente en torno a lo excepcional.

Y aquí entra otro tema que me parece casi más interesante: el discurso público.

Las redes están, como era de esperar, divididas. Hay quien lo celebra como una democratización del talento. Hay quien lo critica abiertamente. Y hay una narrativa que se repite bastante: que Galliano lo hace por dinero. Que no hay muchas casas capaces de sostener económicamente un perfil como el suyo.

¿Es posible? Sí. ¿Es relevante? También.

Pero incluso aceptando eso, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué pasa con la narrativa?

Porque Galliano nunca ha sido solo un diseñador. Ha sido un narrador. Y aquí es donde la colaboración se vuelve… incómoda.

Se habla de que será “reautor” de los archivos de Zara. Y perdón, pero tengo que detenerme aquí un segundo.

¿Qué archivos?

No lo digo desde la ironía gratuita, aunque un poco sí, sino desde una cuestión bastante real. El concepto de archivo en moda implica permanencia, legado, piezas que sobreviven. Zara, por definición, ha construido su modelo sobre la rotación constante. Sobre lo efímero. Sobre lo que entra y sale en cuestión de semanas.

Entonces, ¿qué exactamente va a reinterpretar Galliano?

¿El bestseller de poliéster de 2012? ¿El vestido viral de TikTok de hace tres meses?

Es que no lo entiendo. Y cuanto más lo pienso, menos lo entiendo.

Luego está el tema del precio, que tampoco es menor. Zara ya no es aquella marca donde con diez euros salías con media tienda. Hoy, dos pantalones pueden costarte cien euros sin demasiado esfuerzo. Y sí, responde a una inflación global, pero también a una estrategia clara de reposicionamiento.

Desde la llegada de Marta Ortega, Zara ha ido construyendo una narrativa más elevada: colaboraciones con diseñadores como Narciso Rodriguez o Stefano Pilati, cápsulas con Kate Moss o Steven Meisel… pero esto no es una cápsula más.

Esto es otra cosa.

Esto es intentar insertar storytelling de autor dentro de una máquina de fast fashion.

Y puede ser brillante. O puede ser un completo desastre.

Porque si algo hemos visto recientemente en la industria - y aquí no puedo evitar pensar en lo que está haciendo Chanel, el cual os puse de ejemplo el otro día - es que el storytelling no funciona si no es coherente en todos los niveles. No basta con fichar a un nombre. No basta con tener una buena campaña. Tiene que haber alineación real: producto, tiempos, distribución, comunicación.

Todo.

Y sinceramente, no sé hasta qué punto Zara puede - o quiere - permitirse ese nivel de coherencia cuando su modelo se basa precisamente en la velocidad y la adaptación constante.

Así que sí, estoy expectante. Pero también escéptica.

Porque esto no va solo de una colaboración. Va de una colisión de sistemas.

Y habrá que ver quién se adapta a quién.

Si Galliano consigue infiltrar narrativa real dentro de Zara, esto puede cambiar las reglas del juego. Si Zara absorbe a Galliano dentro de su maquinaria… bueno, entonces será simplemente otra colección más con un nombre muy grande detrás.

Eso sí, hay algo que tengo que conceder.

Las imágenes de Szilveszter Makó - que siempre tienen ese je ne sais quoi entre inquietante y magnético que a mi me fascina - están completamente a la altura del personaje.

Visualmente, todo funciona.

Conceptualmente… veremos.

Septiembre 2026. Nos vemos ahí.

Y, sinceramente, espero equivocarme.

Bisous,

Blanca