Isabella Blow – la cazatalentos que llevó la moda como teatro
Hoy en el blog vamos a hablar de una de las figuras más icónicas y estrambóticas que esta industria ha dado jamás. Y es que estrambótica me parece exactamente la palabra correcta para definir a Isabella Blow: excesiva, teatral, brillante, incómoda, sofisticada y completamente inolvidable.
Una mujer que entendió la moda antes incluso de que muchos diseñadores entendieran lo que estaban creando.
Porque Isabella no solamente llevaba moda. La interpretaba. Y creo que ahí está justamente la diferencia.
En una industria donde hoy todo el mundo quiere ser visto, ella consiguió algo muchísimo más difícil: convertirse en imagen eterna. Muchas personas se ponen un sombrero. Isabella Blow hacía que el sombrero se convirtiera en el centro absoluto del universo visual. La cherry on top llevada al sentido más literal y elegante de la frase.
Pamela, velo, tocado, plumas imposibles, estructuras escultóricas. Ella entendía perfectamente que un accesorio podía ser el outfit entero. Y honestamente, pocos han sabido hacerlo como ella.
Nacida dentro de la aristocracia británica en 1958, Isabella arrastró desde pequeña una vida familiar complicada y bastante oscura. Algo que, sinceramente, creo que siempre convivió silenciosamente con su manera de entender la belleza. Había algo melancólico incluso en sus looks más teatrales.
Tras mudarse a Nueva York, estudió arte y empezó a moverse dentro de círculos creativos hasta terminar trabajando para Anna Wintour en Vogue y posteriormente para André Leon Talley. Y aquí quiero hacer una pausa porque imagine being the assistant of Anna Wintour. Honestly, surviving that alone should grant you an honorary fashion degree.
Pero Isabella tenía algo que iba muchísimo más allá del styling o de vestirse espectacularmente.
Tenía ojo. Y el ojo, en moda, es probablemente el talento más poderoso y menos reconocido que existe.
Porque no todo el mundo sabe crear. Pero todavía menos gente sabe reconocer el genio antes de que el resto del mundo lo haga.
Y aquí entra uno de los capítulos más importantes de la historia de la moda contemporánea: Alexander McQueen.
En 1992, tras asistir a su colección de graduación en Central Saint Martins, Isabella compró la colección completa por aproximadamente 5.000 libras. No una pieza. La colección entera. Porque entendió inmediatamente lo que tenía delante.
No solo lo apoyó económicamente. Lo introdujo en la industria. Lo conectó. Lo defendió. Lo convirtió, en cierto sentido, en Alexander McQueen.
Lo mismo sucedió con Philip Treacy, el genio detrás de muchos de los tocados imposibles que hoy asociamos automáticamente a Isabella. Su relación creativa fue una de las más importantes de la moda moderna: Isabella llevaba sus piezas como si fuesen coronas teatrales y él encontró en ella el lienzo perfecto para convertir sombreros en esculturas.
Actualmente, muchas de estas colaboraciones descansan en museos.
Y sinceramente, donde más sentido tienen es ahí.
Porque el universo visual que construyeron juntos trascendía completamente la ropa.
Sin embargo, la relación entre Isabella y McQueen terminó fracturándose. Cuando el diseñador fue nombrado director creativo de Givenchy y posteriormente vendió parte de su marca al grupo Gucci, Isabella sintió que había quedado apartada de decisiones fundamentales. Y aunque reducir su dolor a un único acontecimiento sería injusto y simplista, sí se sabe que aquello la afectó profundamente.
La salud mental de Isabella fue una batalla larga y silenciosa. Quizás eso es también lo que hace su figura tan fascinante y devastadora al mismo tiempo: cuanto más espectacular parecía exteriormente, más frágil parecía existir internamente.
En 2007, Isabella Blow decidió finalizar su vida. Y con ella desapareció una figura que entendía la moda como muy pocos la han entendido jamás: no como tendencia, ni como lujo, ni siquiera como industria. Sino como fantasía, performance y expresión absoluta del ser.
Un año más tarde, McQueen y Philip Treacy organizaron en su honor el desfile Blow Presents, una especie de homenaje visual que reunía algunos de sus looks más emblemáticos. Un recuerdo construido desde el amor, la culpa y la admiración.
Y honestly no podía haber homenaje más apropiado para alguien como ella que un desfile.
Porque Isabella vivía como si estuviese permanentemente entrando a uno.
Existen además pequeñas historias alrededor suyo que terminan de construir el mito. Como aquella que cuenta que limpiaba su escritorio con Chanel No. 5 y agua Perrier.
Solo alguien como Isabella Blow podría convertir hasta limpiar una mesa en un gesto editorial.
Actualmente se está desarrollando una película sobre su vida, y lo más fascinante de todo es que Daphne Guinness - otra figura absolutamente única dentro de esta industria - rescató gran parte de su armario tras su fallecimiento, permitiendo que muchas de aquellas piezas sigan existiendo, respirando y siendo entendidas como lo que realmente son: historia de la moda.
Porque Isabella Blow no fue simplemente una editora. Fue una musa. Una cazatalentos. Una visionaria.
Pero sobre todo, fue una de las últimas personas que entendió que la moda debía hacernos soñar un poco más de la cuenta. Y quizá por eso seguimos hablando de ella. Porque personas así no desaparecen del todo nunca.
A continuación os dejo algunos de los looks más icónicos de esta maravillosa musa. Looks que, sinceramente, espero que jamás dejemos de recordar