Amor moderno: no permitirte sentir es todavía más aterrador
Image Ref: @itssambar; Pinterest
Amor, ilusión, pasión. Siempre he sido una persona de sentimientos altos. Altísimos.
Tan enamorada y embobada puedo estar por un hombre como profundamente aburrida y desilusionada por él al día siguiente. Y sí, lo sé: muchas veces se han reído de mí por eso. ¿Cuánto durará esta vez?, ¿otro más?, ya hemos pasado por esto. Y la verdad es que, incluso yo, señoras y señores, a veces me quedo alucinada de lo ridícula que puedo parecer desde fuera… y de vez en cuando, también desde dentro.
El otro día una chica a la que sigo en TikTok, @claragriffiths, publicó un vídeo reflexionando sobre el amor moderno: ese amor contenido, medido, casi reprimido. El arte de sentir lo menos posible para que el otro no se asuste. Pedía ayuda a sus seguidores para enfocar una entrevista que tenía con una escritora, y algo hizo click en mi cabeza.
Texto por Jeremie Lotemo. Animación por Patricia Montenegro.
Si algo tenéis que saber sobre mí es que yo no soy de ver un vídeo, deslizar y pasar al siguiente. Yo leo, pienso, comento, escribo, mando mensajes. Me gusta que se me escuche. Es curioso, porque en persona muchas veces no me gusta alzar la voz - ser demasiado vista me provoca ansiedad -, pero en mi “personaje” escribir, debatir y opinar es casi una necesidad vital.
Y así lo hice.
Intercambiamos algunos mensajes que me dejaron pensando durante días. Volví, una vez más, a un tema que vive de forma permanente en mi cabeza: cómo se supone que debe ser el amor.
Esta conversación podría durar siglos y nunca tendría una respuesta definitiva. Pero hay algo que tengo claro: hoy en día, demostrar interés parece un acto de vergüenza.
Te quiero ver, pero no me muevo.
Te quiero, pero no te lo digo.
¿Cómo vamos a llegar a una pureza emocional real si sentimos pudor por nuestros propios sentimientos? ¿Por qué no podemos demostrar y dejar que nos demuestren?
Querer y dejar que nos quieran. Ilusionarnos y permitir que nos ilusionen.
Yo me enamoro de un chico un lunes. El martes le prometo amor incondicional. El miércoles le digo que sí, que me caso. El jueves empiezo una crisis existencial. El viernes nos reconciliamos. El sábado, entre lágrimas, me doy cuenta de que quizá no quiero seguir con esto. Y el domingo… él ya no existe.
Y estoy orgullosa de ello.
Orgullosa porque cada etapa del amor la vivo intensamente. La atravieso con todo mi cuerpo, con todo mi corazón, con todo mi entusiasmo. Sin orgullo, sin cinismo, sin prejuicios. Con la máxima vulnerabilidad posible. Sabiendo perfectamente que pueden romperme el corazón en mil pedazos.
Soy consciente de que el mío es frágil, aunque desde fuera pueda parecer frío. Pero no miento cuando digo que, más que ridícula, me siento profundamente capaz y afortunada por sentir así.
Es un tema que he trabajado muchísimo en terapia. Me costó salir de un caparazón que había construido para protegerme. Y os diré una cosa: la relación que más me rompió fue aquella en la que más me entregué. Y aun así, no tengo miedo de hacerlo de nuevo.
Me gusta conocer a un tío. No uno cualquiera, claro - tiene que pasar por mil filtros antes, creedme. Pero me gusta conocerle y darle todo mi yo. Me encanta llegar a casa, sentarme a la mesa y decirle a mis padres que he conocido a mi one and only. Que ya no tienen que esperar más. Que mañana lo traigo a casa y pasado mañana luzco anillo.
Me encanta pensar que mis amigas han escuchado esta historia quinientas veces:
Chicas, ya sabe qué anillo quiero. Es el último. Es él. Y os cuento un secreto, he llegado a comprarme un traje de novia - actualmente no se ni si quiero casarme.
Y también me encanta que cuando me dicen que me ilusiono rápido, que estoy loca, que vaya con cuidado, me entre por un oído y me salga por el otro.
Porque sí, ser vulnerable puede doler. Puede llevarte al peor escenario posible: sentirte tan pequeña y tan rota que creas haber perdido tu esencia, tu alma y tu yo.
Pero prefiero eso a quedarme con el what if el resto de mi vida.
Además, dear readers, estamos en el año del caballo. Un año espiritual. Un año de cambios. Un año para correr libres, para entregarlo todo. Un año en el que estar atada es, paradójicamente, estar desatada.
El amor da miedo. Pero no permitirte sentir es todavía más aterrador.
Así que sí:
Te quiero ver, y me muevo.
Te quiero, y te lo digo.
Demostrar interés hoy en día es el mayor acto de poder.
Ser vulnerable es sexy.
Bisous, Blanca