Broke up with my 2h sugar daddy boyfriend
Image Ref: Pinterest @ Alexandria Junae
Este artículo nace de mis mil millones de veces diciendo, sin pestañear y con total convicción estética: quiero un hombre rico. Quiero bolsos, relojes, coches, chaquetas, capas, zapatos y un armario lo suficientemente grande como para meditar dentro mientras reorganizo mi colección por tonalidades. Quiero lujo, brillo, exceso controlado. Y durante mucho tiempo creí que lo demás me daba igual. Pero no me da igual. Y esta semana - una semana absolutamente delirante entre Fashion Week, fittings, rodajes con N21, mi cápsula en pleno parto creativo y reuniones legales donde mi nombre se pronuncia con seriedad - me ha dejado algo muy claro: amar el lujo no es lo mismo que dejarse impresionar por él.
Porque sí, soy hortera y lo celebro. En Milano soy low-key en Barcelona insufrible. Amo una pulsera Cartier, un reloj con diamantes, bajarme de un coche que hace girar cabezas. Pero eso no me deslumbra. Eso no me hace perder el norte. Y entremedio de todo este jaleo productivo he llegado a una conclusión que quizá explique por qué intimido tanto: quiero un hombre en mi misma página, pero elevado. No por encima de mí en cifras, que también. Elevado en mente. Y eso, queridos, asusta. Los hombres o salen corriendo como gallinas con traje o ni siquiera se acercan.
Después de mi “7 days, 7 dates” challenge, el universo decidió ponerme a prueba con lo que muchos cutres baratos considerarían el premio gordo: mi centro comercial con piernas. Cincuenta años. Metro setenta - aunque juraba medir ochenta y cinco, como todos los hombres que negocian con centímetros imaginarios - chándal negro, Nike Pegasus y perro miniatura en mano llamado George, igual que el perro de mi ex. Si el destino tiene humor, es bastante básico. Al igual que la limitante imaginación de muchos hombres.
Yo bajaba al supermercado tras una jornada intensa, monísima como si el lineal de yogures fuera la alfombra roja de Cannes: low-waisted jeans de Sandro con aplicaciones bling-bling frontales, jersey verde oliva perfectamente calibrado con mi tono de piel, bufanda Miu Miu de cuadros, botas marrón chocolate Celine con tacón firme, gafas Tom Ford y un moño que parecía casual pero llevaba más estrategia que una campaña política. Y ahí estaba él, ayudándome a coger la Coke Zero como si estuviera salvando una damisela en apuros.
“Tu sei argentina.”
“No, sono spagnola.”
Y desde ese momento supe que algo no cuadraba. Su acento del sur de Italia - que para muchos puede resultar encantador - a mí me chirriaba. Me he convertido en una milanesa snob total, y esa mezcla de cadencia sureña con energía de conquista inmediata me gritaba exactamente lo que era antes de que terminara la frase.
En cinco minutos soltó la artillería: amigos en la industria, cenas con nombres importantes, fiesta privada con el team de Valentino, coche edición limitada en colaboración con una casa de piel italiana top. Veinticuatro horas después apareció en mi puerta con el nuevo Range Rover recién salido del concesionario, hablando del precio sin que nadie lo preguntara. Y ahí, en menos de dos minutos, entendí el concepto: new rich. Para qué mentir, me lo olía desde que me persiguió por el supermercado.
No lo digo con desprecio. Lo digo con precisión quirúrgica.
Yo no soy una niña descubriendo el dinero. He tenido el privilegio de ser educada en el capricho que aparece con naturalidad, no como estrategia de seducción. No he tenido un bolso nuevo cada semana, pero tampoco me impresiona que me lo prometan. Me cuesta muchísimo impresionarme por algo que un hombre pueda ofrecerme materialmente porque ya lo he visto. Puedes tener 57 pisos en Milano, un coche de 450k y visualizarme con un Patek Philippe tras un mes. Me da igual. Me han dado educación, cultura, valores. Tengo fondo. No soy decoración.
Acepté un aperitivo al día siguiente - cancelé desayuno por yoga, prioridades espirituales ya que siempre me he definido como a spiritual bitch with a very expensive taste - y apareció puntual con el coche brillante y una intensidad ligeramente invasiva. Dos besos marcados, mano en mi cintura antes de terminar la frase. Llegamos al Four Seasons - cinco minutos en coche desde Brera, diez andando, pero el teatro requiere escenario - y empezó la exhibición. Colección de relojes. Patek Philippe oscuro precioso, sí. Promesa de bolso distinto cada semana. Insistencia en añadir un Kelly a mi wishlist porque “es perfecto para ti”. No es mi vibe. No me gustan tiesos. Ni los bolsos ni los hombres.
Pequeño paréntesis: qué clase de hombre lleva a una date a un hotel. Yo te lo digo: el que está acostumbrado a putitas baratas.
Él no era ruidoso. Era peor. Era el tipo de hombre que se ama tanto que necesita confirmación constante de que el resto también lo ama. Me preguntó varias veces qué encontraba sexy de él. Nada. Me sacó a bailar en el restaurante del hotel y, sin aviso previo, me hizo tocarle los abdominales como si aquello fuera una prueba técnica. Arcada. Real. Física. Multiplicada por cincuenta cuando tuve que hacer ver que me rascaba la pierna intentando escurrirme como un Calipso cuando hizo el movimiento para besarme.
Me compró unos zapatos de precio elevado tras una hora porque “lo mío no es todo boca sino acción”. Yo, ligeramente mareada por una copa de vino que no suelo beber, con los ojos un poco achinados por el buzz, y él interpretándolo como enamoramiento súbito. No, cariño. Era fermentación.
Lo más revelador no fue el coche ni el reloj ni el hotel. Fue que no dijo un solo “gracias” al servicio en toda la noche. Ni uno. Y cuando yo lo hacía, parecía sorprendido. Intenté hablarle de mis proyectos, de arte, de artistas que admiro, de cómo una obra puede atravesarte por dentro. Dos palabras salían de mi boca y me interrumpía. No sabía nada. No quería saber. Y eso, para mí, es el verdadero lujo ausente.
Ni Chillida ni Basquiat. Ni Cy Twombly ni Miró. Ni Rothko ni Pollock. Ni Tàpies ni Kiefer. Ni Giacometti ni Monet. Por "ni"s, ni Da Vinci. Ni él sabía de sus presencias ni ellos sabían qué narices hacía yo allí.
A la mañana siguiente tenía planificado nuestro fin de semana entero tras dos horas de cita. Restaurantes, escapadas, cenas con amigos al día siguiente. Fue ahí cuando entendí que no estaba ante un hombre interesado en mí, sino ante alguien que había decidido que yo era su próxima adquisición. Y tras DOS horas - sí, dos - tuve que romper oficialmente. Le dije que no era mi sitio, que no estaba lista para conocer a nadie. Nuestro amigo atravesó todas las fases del duelo en tiempo récord: insistencia elegante, notas de voz vendiéndose mejor, silencio estratégico, luto, dramatismo final y la joya de la corona: “Estás dejando pasar un tren que no vuelve.”
Querido, yo no espero trenes. Yo diseño rutas.
Así que tras darle una oportunidad a un new rich de metro setenta que para sí mismo era un galán cinematográfico, he decidido que no será mi cuenta bancaria. Yo soy fuente de otro banco. El mío. El de mis padres también - not gonna lie. Y quizá el de un hombre que sepa diferenciar cifras de educación, lujo de clase y poder de profundidad.
Amo el lujo. Pero no me deslumbra. Y si algún día alguien quiere impresionarme, que no sea con inventario. Que sea con narrativa.
Eso sí que me excita y me interesa.
Bisous,
Blanca