7 DAYS, 7 DATES
Image Ref: Pinterest Illustration by @chareacreationco & bisousblanca.com
Las mejores ideas, por norma general, se me ocurren a mí. No lo digo desde la humildad porque la humildad, bien utilizada, es básicamente marketing personal. Y ahora que estoy soltera, mi cabeza se ha convertido en un lienzo en blanco - ready to be painted - aunque preferiblemente no por hombres. Prefiero nuevos propósitos, pensamientos, pequeñas decisiones cuestionables y algún que otro experimento que, si sale mal, al menos deje un buen artículo.
Bueno… maybe algún hombre también. Sin materia prima masculina este experimento sería más un retiro espiritual que una experiencia social, y tampoco nos pongamos místicas.
Siempre me ha pasado algo curioso: a nivel amistad congenio muy bien con hombres. Nunca he entendido esa energía tan intensa de “I’m a girls girl, I hate men, they’re stupid, my energy is only for women”.
Oh honey, qué agotador vivir en guerra fría permanente.
La realidad - menos épica pero más útil - es que no todos los hombres son imbéciles ni todas las mujeres son brillantes, profundas y moralmente superiores. A veces una mujer te roba la energía y un hombre te recomienda un libro buenísimo. La vida.
Ahora bien: cuando hablamos de citas, cambia el guión.
Me sucede bastante que, en mitad de una date, me siento… excesiva. No mejor persona - eso sería muy feo, pero real, decirlo - pero sí mentalmente en otro canal. Y no, no me pasa solo con hombres, pero el experimento se llama “7 DAYS, 7 DATES”, así que hoy hacemos sociología aplicada.
Hay un momento de la conversación en el que mi mente disocia elegantemente. Desconecto. Por completo. Lo inquietante es que sigo siendo encantadora: sonrío, hago preguntas, reacciono en el timing perfecto. Una actuación digna de premio menor. Pero en realidad no estoy escuchando nada porque, la mayoría de veces, me están contando cosas tan poco interesantes para mi cerebro que mi subconsciente decide protegerme.
Es una sensación peculiar salir de una cita pensando repetidamente lo cool que eres en comparación con la otra persona y lo privilegiada que eres por tener curiosidad intelectual. Sí, suena fatal. Pero peor sería mentir.
I don’t know, es positivo hasta que deja de serlo porque el resultado siempre es el mismo: cero fascinación.
Don’t get me wrong: existen hombres con una mente y un background alucinantes. Yo siempre he tenido una energía más visionaria, más de iniciativa, con un cierto sense of purpose. Cuando un hombre habla de su vida como si fuera simplemente algo que le ocurre - sin reflexión, sin hambre, sin obsesiones - se me cae todo el interés romántico como un vestido mal cortado.
Y sí, hay hombres con mentes que os prometo que me vuelven loca. El problema: esos hombres, estadísticamente, solo quieren acostarse contigo. Y full disclosure: a mí un one night stand no me llena. Puede ser divertido, claro, pero ya no es mi narrativa vital. Me interesa más la tensión intelectual que la tensión de sábanas.
Después de un shooting particularmente intenso un martes por la mañana, llegué a casa pensando en todo esto… y mi cerebro hizo ese pequeño clic peligroso que precede a todas mis malas decisiones favoritas. Como buena tiktoker, grabé un vídeo comprometiéndome a salir con un hombre distinto cada día durante una semana. Siete días, siete hombres. Después: I would spill the tea en el blog.
Lo que para muchos puede parecer un experimento divertido ha resultado ser una montaña rusa emocional: sorpresa, confusión, fascinación, repelús, ternura ocasional y algún momento de crisis existencial frente a una copa de vino que no quería beberme.
Así funciona la semana:
Siete días. Un hombre distinto cada día.
Perfiles completamente diferentes: finance bro, músico, gym bro… lo que la fauna urbana me ofreciera.
No puedo cancelar ningún date. Tengo que stick to it pase lo que pase.
Si él cancela dos horas antes, se entiende. Si cancela cinco horas antes… ya empezamos a juzgar.
Image Ref: Pinterest Illustration by @chareacreationco & bisousblanca.com
Al inicio y al final de cada cita me grababa para documentarlo todo en formato videoblog que publicaré en TikTok (@blancamaruny). Responsabilidad periodística, básicamente.
Antes de empezar, contexto importante: respeto muchísimo mi mental health. Me gusta mi tiempo a solas y mis momentos asociales. Si puedo dormirme a las 22:00, mejor. Madrugo, hago una sola comida al día y mis horas de ayuno son sagradas. El alcohol y yo ya no somos íntimos, así que una cita puede provocarme aburrimiento, ansiedad o ese pensamiento inevitable de “qué pereza social tan innecesaria”.
Por lo tanto, sí: este reto no iba a ser fácil para mí.
Pero tampoco vine al mundo para vivir experiencias fáciles.
Al final del artículo os incluyo un videoblog con el pre y el post de cada date. En mi TikTok (@blancamaruny) tenéis la versión reducida de este. Fotos, capturas, chats included. Tea. Tea. And more tea.
DAY ONE, DATE ONE
Aquel día, técnicamente, él iba a ser mi segunda cita. Pero la vida, y mi agenda sentimental, decidió hacer un pequeño reshuffle narrativo y pasó a ocupar el puesto número uno. Siempre sospecho de los hombres que entran en primer lugar sin haber sido planificados: suelen dejar huella o una anécdota cara.
Este chico me dio like en Hinge. Sí, bienvenidos al siglo XXI, queridas. La app donde mi perfil está cuidadosamente curado para dejar claro que no busco una noche divertida sino conversación, cultura, restaurantes y estabilidad emocional con buena iluminación natural. Una mezcla entre cita romántica y entrevista para un puesto de socio vitalicio.
Me dio like y pensé: eres tú, mi milanés arquetípico.
Un poco pijo-tonto en algunas fotos, pero también tranquilo, con amigos, camisetas básicas pero capaz de llevar rebequita con bufanda sin parecer un estudiante Erasmus perdido. Un poco toy para mí… pero me apetecía un milanés completo, con su pequeña dosis de tontería funcional. No el de traje skinny y cuello alto color crema - ese pertenece a un museo antropológico.
Y aquí empezó bien. Muy bien.
Match, dos frases y, milagro contemporáneo, propuso vernos ese mismo día porque creía que nuestras energías podían congeniar. Señoras y señores: aplausos.
Nada de una semana de chat inútil analizando memes como si fuéramos primos lejanos. Un hombre que entiende que la química no se descarga, se comprueba. Así quedó: Lubarino, 19h.
Llegué cinco minutos tarde. Llovía, no llevaba paraguas y calzaba unas tabi limited edition que claramente tenían más valor emocional que práctico. Iba vestida de calle pero mona — esa categoría estética que no requiere esfuerzo pero sí criterio.
Él venía de la oficina y me escribió a las siete en punto para decir que ya estaba allí y que había cogido mesa. Para quien no conozca Lubarino: si ves mesa, la ocupas. No preguntas, no reflexionas, no dudas. Milán es una ciudad de oportunidades rápidas.
Llegué, se levantó para saludarme.
Cuello alto gris, pantalón beige y Barbour.
Odio el cuello alto. Me parece la prenda más innecesariamente pretenciosa y menos masculina que un hombre puede elegir voluntariamente. Pensé: vamos bien, vaya snob. Pero prometo que en cuanto habló, cambié de opinión en tiempo real.
Mirad - y no me gusta admitirlo tan pronto en la semana - qué tío.
Siempre creí que en una primera cita no se pueden sacar conclusiones. Esta semana me demostró que sí, demasiadas incluso.
Durante horas hablamos sin esfuerzo. Yo pedí Coca-Cola Zero - no vamos a romper el ayuno por un desconocido - y él dos copas de vino blanco. Antes de pedir la segunda me preguntó si me parecía bien, no fuera a ser que yo ya quisiera huir. Fui con expectativas bajísimas y, de repente, estaba completamente cómoda permaneciendo allí.
Yo esperaba un creído con discurso de LinkedIn. No lo era. Tampoco un finance bro como prejuicié. Trabajaba en la industria del deporte, su pasión real. Punto enorme.
Teníamos hobbies en común, valores en común y una forma muy similar de entender la vida. No entraré en detalles - su privacidad y la mía merecen algo de dignidad - pero había pasado por experiencias muy serias desde joven y se notaba: transmitía calma, bondad y una seguridad poco performativa. Carisma tranquilo. Peligroso.
Ignoré la emergency call de mi hermano (sí, siempre existe ese protocolo) y tras varias horas salimos. Insistió en acompañarme a casa porque, según él, después de una cita no dejas a una chica sola.
Llovía. No teníamos paraguas. Su moto estaba literalmente frente al bar. Yo vivo a siete minutos andando. Aun así vino. Ida y vuelta bajo la lluvia. Hay hombres incapaces de hacer lo mínimo; este decidió hacer lo necesario y bien ejecutado.
En la puerta de mi casa le di un paraguas - espero sinceramente recuperarlo porque es el único que tengo - dos besos y un:
“Me gustaría verte pronto, ¿te parece bien?”
“Sí.” Risilla nerviosa. Solo me sucede cuando estoy nerviosa o emocionada.
Subí a casa y grabé el videoblog inmediatamente para no reescribir la memoria después. Estaba confundida. Mucho.
No sabía si era su bondad, su paz o su historia… pero por primera vez pensé que quizá participar en este experimento conmigo podía ser ligeramente injusto para alguien así. No quería quedar con nadie más.
¿Era cruel convertirlo en contenido?
¿Estaba ya siendo idiota?
Me gustó la cita.
Había conexión real y me apetecía volver a verlo. Y eso complicaba la narrativa.
Spoiler: hemos seguido escribiéndonos estos días.
To be continued.
DAY TWO, DATE TWO
No sé muy bien cómo introducir a este individuo sin que parezca que exagero.
De hecho, escribo esto en el día cinco del reto y solo espero no tener que repetir una experiencia así jamás. Prefiero alternativas dramáticas: tirarme a un pozo con serpientes — mi mayor fobia —, que retiren el Ozempic del mercado, engordar 25 kilos o verme obligada a llevar Salomon a diario. Todo antes que volver a vivir algo parecido.
Quedamos a las 22h. Sí, salir a esa hora ya merecía una medalla olímpica por mi parte.
Me dio a elegir entre dos bares. Como persona previsora - y profundamente vaga en horario nocturno - elegí el que estaba a diez minutos de mi casa bajo la excusa de “es el único que aún no he probado”.
Sus fotos ya avisaban: un día parecía un napolitano engominado, al siguiente un berlinés experimental con falda vaquera negra. Un hombre sin continuidad estética siempre es un riesgo sociológico.
Me arreglé mona. El reto es el reto.
Llegué, lo vi desde lejos… y mi instinto primario gritó huye.
Chupa de cuero vintage barata y exhausta. Jersey negro derrotado. Vaqueros XXL con dos mil bolsillos. Cadena de llaves tamaño arma medieval. Gorra negra rota. Dr. Martens abiertas como si estuvieran ventilando pensamientos.
A ver: respeto el estilo de todo el mundo. Me encanta un hombre con personalidad estética. El problema no era el look. Era la energía. El conjunto no decía cool, decía he dormido mal desde 2017. De esos que confunden “vintage” con “compro en Vinted a dos euros de ratas que no quieren donar ropa asquerosa a una ONG”. Eso sí: estaba bueno de cara. Ojos preciosos, sonrisa increíble - mis dos debilidades físicas absolutas - aunque le faltaban unos cuantos centímetros y neuronas para completar la fantasía.
Aun así, no había narrativa romántica posible. Solo curiosidad antropológica.
Cada quince minutos él pieza necesitaba ir al baño.
Su mente no procesaba. Entre frase y frase soltaba esa risa lenta que ya te explica todo sin que nadie tenga que mencionarlo. Tenía 32 años, desempleado, sin demasiadas ganas de dejar de estarlo y sin motivación concreta salvo una: tenía un perro al que, según su insistencia, yo debía conocer esa misma noche sí o sí.
Llevábamos cincuenta minutos y ya escribía a mi hermano: “llámame ya me muero quiero salir de aquí”. Mi emergency call oficial estaba programada a las 00:00h cuando él aterrizaba en Milán. Pero la supervivencia exige improvisación.
Odio el alcohol y respeto mis ayunos, pero en ese momento: principios fuera. Pedí una copa. Él pidió prácticamente la carta entera de cocktails. Entre eso y sus peregrinaciones al baño, empecé a plantearme si desaparecer sigilosamente era éticamente defendible. No lo hice. Me dio pena. Grave error.
No recuerdo de qué hablaba. Solo que su mayor dedicación vital era visitar a su perro. Después me dijo que pintaba. Le pedí ver fotos - principalmente para disfrutar de treinta segundos de silencio. No vamos a comentar su obra.
Por fin sonó el teléfono. ¡No me digas! Juan eres un desastre, no puedo creerlo… vale, voy corriendo, mi hermano no tiene llaves y llega del aeropuerto.
Intentó llevarme en moto. No. Insistió en acompañarme. Tampoco. Acabó andando conmigo.
Yo no caminaba, yo cabalgaba educadamente.
Llegamos al portal y, en el último giro de guion, preguntó: Oye, ¿a tu hermano no le molestará conocerme esta noche?
Amore… si alguien está molesto soy yo conmigo misma por haber llegado hasta aquí.
Le dije que ni de broma. Dos besos. Él intentó beso real. En absoluto.
Nunca he abierto la puerta de mi edificio con tanta determinación; un poco más y subo solo para tirarme por la ventana por coherencia dramática.
Me ha escrito.
Como comprenderéis, ni siquiera tiene el visto.
DAY THREE, DATE THREE
Para mí acostarme a las 2h y despertarme a las 8h constituye un delito contra la estética facial. Una mujer guapa necesita su beauty sleep. Diez horas mínimo. Menos es sabotaje. Pues bien, este reto decidió vulnerar mis derechos humanos.
Día tres: cita a las 9h, a 37 minutos en coche de mi casa, lloviendo y con tráfico milanés - esa experiencia espiritual donde reconsideras todas tus decisiones vitales.
Este chico no salió de ninguna app. Era alguien con quien casi colaboro en un proyecto y pensé que, como perfil distinto al resto de fauna romántica, encajaría bien en el experimento. Apariencia relajada, energía tranquila. Y os diré algo: después de la noche anterior, cualquier persona con pupilas enfocadas ya me parecía un regalo. Coffee date.
El bar al que íbamos a ir estaba cerrado, así que improvisamos en el de al lado, que es básicamente el equivalente social a decir: no hay destino aquí, solo funcionalidad.
Hablamos de nosotros, de qué nos gusta, de qué hago últimamente en Milán, trabajo, proyectos, Marni, Margiela. Conversación limpia, sencilla, sin tensión narrativa. Nada del otro mundo - y eso, sorprendentemente, era agradable.
No había química. Los dos lo sabíamos. Y lo mejor: ninguno intentó fingirla. En cuanto quedó claro, pasamos elegantemente al modo profesional: Oye, ¿y si hablamos de trabajo? Perfecto. Y así fue.
No salí con un príncipe, pero sí con un posible colaborador. Calmado, práctico, sin extravagancias. Un tío normal. Y, después de dos días de experimento sociológico intensivo, la normalidad rozaba lo terapéutico.
De esta cita no voy a exprimir más porque no hay más. A veces una historia no es una historia: es una reunión con café.
Mención especial: aquel día el primer chico me propuso segundo date.
DAY FOUR, DATE FOUR
Una de las mayores pesadillas de este challenge no es salir con hombres. Es encontrarlos.
Muchos quieren small talk durante días. Les encanta construirse una fantasía a través de la pantalla, como si el chat fuese una relación en prácticas.
No son directos. No van a por ello. Y sinceramente, esa ilusión digital prolongada me parece profundamente poco erótica.
Aquel día fue complicado.
A las siete de la tarde del día anterior, en plena desesperación, actualicé mi perfil de Hinge anunciando que necesitaba urgentemente una cita para el día siguiente - disponible a las 12h o a las 16h. Nada de indirectas: casting abierto.
Un chico cuyo perfil era básicamente “guiri trajeado fumando puros como si heredara barcos” reaccionó. Le escribí: ¿En serio? Respondió: Sí. Quedamos para las 16h del día cuatro.
Me fui a dormir tranquila, hasta que por la mañana me escribió mi amigo Jackson: iba a un evento olímpico esa misma tarde. misma hora que mi date. Chicas, hay prioridades en esta vida. Las Olimpiadas no son una. Cruzar miradas con un atleta olímpico sí.
Moví la cita.
Problema: eran las 8h y ahora tenía que encontrar un hombre disponible ese mismo día entre reuniones, deporte y vida real. Así que, con valor periodístico y cero dignidad, vuestra chica se plantó en Starbucks después de hot yoga a practicar sociología aplicada.
Tardé quince más de minutos en reunir el coraje para entrarle a alguien. Había un candidato perfecto: hipster moderno, mulato, guapo de verdad. Técnicamente no era negro pero entraba en territorio inexplorado para mí y estaba, sinceramente, muy bueno.
Pasé por delante mil veces dejándome ver. Él me miraba. Sí, le gustaba. Pero me bloqueé. Y cuando justo iba a entrar en escena ya era demasiado tarde.
Miré hacia la terraza. Vacía, menos un chaval solo en una mesa de dos. Así fue como apareció el elegido.
Más joven, parecido exagerado a Landon Barker. Ojos - y no exagero - los más bonitos que he visto en mi vida. De nuevo, os pongo en situación: terraza vacía. Mesas libres. Y yo, en un acto de absoluta decisión periodística, me senté directamente con él y empecé a hablarle.
Era italiano, de madre de Mónaco. Anillos de oro blanco de Cartier. Tatuajes. Piel blanca, estiloso, todo negro bien llevado. Monísimo. Y no, no era gay.
él trabajaba en Diesel después de estudiar moda y lujo en Londres. Le gustaba París. Tenía mundo, calma y la capacidad de aceptar con naturalidad que una desconocida se siente en tu mesa como si fuera un casting emocional.
Hablamos 45 minutos. Gran chico. Le habría pedido el Instagram si no fuera porque probablemente le sacaba cinco años y decidí conservar un mínimo de coherencia narrativa. Nos despedimos con un “ya nos veremos por la zona” que en Milán significa nunca pero educadamente.
Ese día entendí dos cosas:
Primero, mi compromiso con el artículo era alarmantemente alto.
Segundo, mi desesperación también.
Pero oye, ole yo.
Salí feliz: ya estaba más allá de la mitad del reto. Llegué a casa y, sin descanso emocional, me puse a buscar la cita del día siguiente. Aquí está la dificultad real: mi interés en hablar con hombres ahora mismo es mínimo, y precisamente por eso el experimento es complejo.
Si no están en Milán ciudad: ghost. Si quieren demasiado chat: fuera. Si ya representan un perfil repetido: arrivederci.
Es difícil, de verdad.
Y lo que he visto esta semana… sociológicamente preocupante.
DAY FIVE, DATE FIVE
Cuando empecé este reto no sabía que el día cinco era 14 de febrero. San Valentín. Tampoco sabía - ingenua de mí - que la gente realmente lo celebraba. Siempre lo había percibido como una publicity stunt americana para vender flores, chocolates y hacer ver que tienen algo de cultura. Pero no: aquí también sucede.
Supongo que en mi caso no le presto atención porque mi verdadero evento romántico es Sant Jordi. Libro, rosa y dignidad. Aunque mi profesor de Literatura en el colegio una vez nos dijo: cualquier excusa es buena para decirle a alguien que le quieres.
Ese día el sistema era sencillo: tenía dos candidatos cerrados y el primero que confirmara “¿al final a las 18h?” ganaba.
Perfil uno: el guiri del puro del que ya os hablé, energía heredero europeo de chiringuito.
Perfil dos: el clásico pseudo-startupero en traje con camiseta negra y Alexander McQueen, romántico de vinilos y frases profundas de Spotify. He remado muchísimo esta conversación y me estaba provocando una pereza existencial considerable.
Yo, si algo soy, es honesta, queridos readers: terminé el día cinco sin cita. Y lo agradecí.
No sois conscientes del esfuerzo mental que implica este reto. Elegir, escuchar, reaccionar, performar interés, evaluar compatibilidades humanas a diario… es básicamente recursos humanos pero sin salario. Me empiezo a sentir como una ONG para idiotas sin estudios, sentido común ni dignidad.
Así que, cuando la cita se cayó, decidí no remar más ni por Hinge ni por Instagram ni contactos ni nada. Cerré casting.
Me fui de aperitivo con amigas. Y, no por primera vez en toda la semana, estuve done.
DAY SIX, DATE SIX
Y aquí llegó el plot twist: la cita del día, inesperada pero al mismo tiempo peligrosamente lógica, era con el chico del día uno. ¿Estoy enamorándome? Tranquilos, no estoy para fairytales últimamente. Pero sí, me desperté con ganas de volver a verle. Me pareció un tío cool, sencillo, con buen rollo y carisma; sobre todo, alguien con quien podía pasar un rato sin sentir que estaba realizando trabajo de campo sociológico. Básicamente quería desconectar.
Desconectar del sufrimiento contemporáneo: el scrolling infinito en apps de citas y el chitchatting por Instagram sobre absolutamente nada. Porque sí, querido Davide, no cambia mi vida saber que tu jefe te ha pedido entregar un estudio de mercado; Paolo, no necesito imaginar paseos en días grises contigo; Docca, sé dibujar y pintar - soy diseñadora, no necesito ser tu alumna particular-; y Alessandro, los ochenta que sois, el único hormigueo que siento cuando propones vernos a las dos de la mañana es una arcada clínica.
Soy sincera, un día más tarde fui a NewYork Bagels. Primer día de apertura y el fundador está como un tren. Si yo no hubiera pasado por esta semana, amores, hubiera aprovechado para ligar con él como una campeona. Gold medal. No puedo. Me desquicia cualquier interacción con un hombre. Y este, justamente estaba bien bueno.
Así que ese día solo aspiraba a verle a él. Le escribí un domingo preguntando qué tal el fin de semana. Respondió casi medio día después: estaba fuera de Milán por temas personales - me los explicó - y llegaría tarde, pero intentaría make it on time. Le contesté simpática y con buena actitud, algo que curiosamente no había sido con nadie en toda la semana, porque por primera vez no estaba jugando a conseguir una cita más; quería tomar algo con él.
No contestó. Veinticuatro horas después seguía esperando y, de repente, tras el sexto día, el maestro fue adelantado por el alumno y el karma me colocó exactamente donde debía. Donde las das, las tomas. Lo curioso es que al principio solo quería que fuera mi primera cita y ya está, pero ahora me obsesionaba su silencio. Mi Hinge colapsado, incapaz de abrir más chats sin contestar; mi Instagram bloqueado por notificaciones; cincuenta hombres hablándome y yo sintiéndome profundamente saturada del mismo tipo de perfil una y otra vez.
Al final solo quería que contestara el único chico que me despertó interés. Y precisamente ese era el único que no tenía nada que decirme.
DAY SEVEN, DATE SEVEN
Dos días intentando recolocar citas sin éxito. Así que aquí estaba: último hombre, último esfuerzo y una única ambición vital - meterme en la cama, apagar el cerebro y no socializar durante semanas. Interpretadlo como queráis.
Hoy, después de dos días en los que no he podido sorprenderos demasiado, me debo a vosotros, mis queridos readers. Hoy me sacrifico de verdad. Voy a lo peor para que la historia tenga cierre. Aunque, a nivel agotamiento mental el peor, sin duda alguna, ha sido el segundo.
Conocemos a un profesor calvo de medio metro.
Perdonadme si sueno superficial, pero llegados a este punto el universo me debía un mínimo. No un príncipe, no química, no mariposas; un mínimo. Y ese mínimo, sorprendentemente, tampoco apareció el día siete. Aunque, de nuevo, no lo buscaba. Ya que, una vez más, aquí estoy para vosotros.
Quedamos a las 18h debajo de mi casa. Sí, debajo de mi casa: la energía logística ya no daba para desplazamientos. Con Coca-Cola Zero en mano y mi IQOS como apoyo emocional, porque evidentemente no iba a romper el ayuno por algo que no me despertaba ni curiosidad ni sensación de estar viva.
El karma ya me había dado una lección el día anterior, pero el universo decidió añadir la cherry on top.
Treinta y cinco años, buena intención, conversación correcta… y aun así yo no podía dejar de pensar en lo mismo: ¿de verdad creen que a mi me pueden molar? No por superioridad ni por estética - bueno, para qué mentir. Pero asimismo, simplemente también porque nuestras vidas no se cruzan en ningún punto. Intereses distintos, ritmos distintos, ambiciones distintas, mundos completamente paralelos. No hay fricción, no hay tensión, no hay nada que empuje la historia hacia adelante.
Yo puedo reconocer lo mío sin problema: soy materialista en muchos aspectos y me haría feliz un habibi que invierta a ciegas en mis proyectos de pilates, moda o belleza sin notar la diferencia en su cuenta bancaria. Pero también sé que a muchos de ellos solo les atrae una chica mona, de mundo okey, con acento español y buen cuelo. Nadie es inocente aquí; simplemente nadie lo admite al mismo tiempo.
Duré una hora exacta. Sin llamadas de emergencia ni excusas creativas. Mientras me explicaba que su vida se basaba en corregir exámenes, yo miraba a la gente pasar y entendí que el experimento había terminado mucho antes de que yo lo anunciara. Bueno, me voy a casa.
Le di la mano al despedirme. Un handshake limpio, administrativo, definitivo. Fin.
Y con ese gesto cerré el reto.
Lo que me llevo: una bandeja de entrada de Instagram colapsada, conversaciones que me han hecho cuestionar seriamente la sociedad contemporánea y un cansancio social que no recordaba haber sentido nunca. No sé cómo lo hacen algunos - yo necesito silencio.
Probablemente escriba pronto sobre el ghosting; a este paso soy experta. He llegado al punto de no contestar a nadie. No por maldad, sino por pura saturación cognitiva. Fuck it: y por maldad.
Ah, y dato sociológico final: igual que muchos hombres mienten sobre su bodycount, también mienten sobre su altura. Metro ochenta significa metro setenta y cuatro.
No sé muy bien de qué os servirá este artículo. Espero, al menos, que lo hayáis disfrutado mientras yo hacía trabajo de campo durante siete días. Mientras quería salir corriendo una y otra vez y casi me tiro por la ventana unas treinta veces.
Si no sabéis de mí en un mes, no pasa nada.
Estaré feliz, en casa, recuperando mi rutina antisocial.
Bisous,
Blanca