I’m friends with my ex

Image Ref: Pinterest; @keylamendozaortega2009

Ex: prefijo; que fue y ha dejado de serlo. Así lo define la RAE.
En el lenguaje coloquial, en cambio, se traduce como algo casi maldito: persona a la que hay que borrar, bloquear, exiliar emocionalmente y, si es posible, eliminar del relato. No acabo de entender cuándo decidimos que una palabra tan corta tenía que ser tan violenta. ¿Por qué la volvimos tan agresiva? ¿Por qué tanto rencor gratuito?

El otro día estaba con mi madre - no ha sido precisamente fácil hablar con ella de ciertas parcelas de mi intimidad, pero curiosamente fue la primera persona a la que le conté que había terminado mi relación. Tras una pregunta suya, aparentemente inocente, “¿sabes algo de él?”, mi cabeza hizo click.

Soy amiga de mis exes.
Sí. Lo he dicho. Sin temblar. Sin pestañear.

No los considero personas horribles, repugnantes ni indeseables. Permitidme aclarar: hay excepciones, por supuesto. Siempre hay algún error de casting emocional. Pero, en líneas generales, mis novios - los de verdad - siguen formando parte de mi vida. Les quiero en ella. Y no me interesa que desaparezcan como si nunca hubieran existido.

Analicemos por qué elegimos estar con alguien. Pasión, lujuria, un moreno de ojos claros, una sonrisa peligrosa. Claro que lo físico importa. Pero seamos honestos: tanto mujeres como hombres buscamos algo más. Seguridad. Actitud. Personalidad.


En mi caso, suelo caer por la seguridad, el carácter, cierta firmeza emocional, fidelidad y una energía que me sostenga. Que sea creativo me encanta, pero también duele. Todo eso me define. Y si lo encuentro en alguien, es porque ese alguien es un match.

Un match.
Exactamente el mismo concepto que aplico a mis amistades. Me rodeo de personas que me despiertan bienestar, adrenalina, sinergia, ganas. Personas con las que hay química intelectual, emocional y vital. Y cuando esa conexión existe, no me nace destruirla solo porque el formato romántico ha caducado.

Mi psicoanalista - Dios le bendiga - me dijo una vez que tengo un miedo atroz a dejar ir a las personas. Que por eso las arrastro conmigo y no las suelto. Le respeto profundamente, pero aquí discrepo. No es miedo. Es elección. Soy amiga de mis exes porque me completan, me complementan y porque nuestras energías siguen fluyendo. Y eso no pasa con cualquiera.

No ocurre de un día para otro.
Antes hay tormentas, silencios incómodos y alguna que otra lagrimilla nocturna. Pero cuando se llega, merece la pena.

Adoro ver a mi novio de la universidad. A él le considero Amigo. De los de verdad. Me hace feliz compartir tiempo con él, ver cómo su vida avanza, saber que hace X o Y. Que vuele a Londres para quedar con una posible candidata me entusiasma y, sí, quiero update de la cita.

Adoro que mi primer noviete se haya casado. Le felicité con alegría genuina. Él es de los que se casan. De los que ponen anillo, montan familia y peinan a sus hijos con la raya al lado. Y me hace sonreír cuando me lo cruzo por la calle, en un bar o en cualquier esquina de la ciudad.

Nunca he entendido el castigo social hacia la palabra ex.
De hecho, algo que me hizo dudar de mi última relación fue la radicalidad con la que él decidió cortar todo contacto. Una persona bellísima. Buena como pocas. Con un trato exquisito hacia mí. Pero quizá yo sea demasiado bohemia para un italo-nórdico. Desde el inicio, contacto cero. Con cuchillo y sin anestesia.

Me choca.
Porque no sé dejar ir a alguien que me aporta tanto. Y porque, seamos sinceros, el amor no desaparece de un día para otro. El cariño permanece - salvo cuando la historia ha sido realmente fea; por esto también hemos pasado.

La gente no lo entiende.


Una vez mi madre me preguntó si estaba pasando algo “otra vez” con mi ex. Alguien muy cercano a nosotros le había comentado que nos había visto juntos, uno encima del otro, “como si hubiera algo”. Esa persona tenía más de cincuenta años. Y ahí está el verdadero problema.

He escuchado mil veces: ¿Y cuando tienes novio sigues viéndote con ellos? ¿Y les parece bien?

Si no les pareciera bien, no serían mis novios. Para empezar.

¿No os confundís? No. Porque cuando una relación se basa en transparencia, honestidad y respeto, la confusión no tiene espacio.

La palabra ex parece maldita.
Pero el pasado no es el enemigo. Es lo que nos construye. Me cuesta encontrar personas con las que compartir un espacio tan libre, tan honesto y tan claro. Y no quiero renunciar a eso por cumplir con un guion social anticuado. Las relaciones románticas pueden terminar, pero eso no implica borrar a las personas del mapa.

Quizá el problema no sea ser amiga de mis exes. Quizá el problema sea no saber querer sin poseer, sin controlar, sin destruir. Yo me quedo con las personas que me han querido bien, aunque el título haya cambiado.

Bisous,
Blanca